Escribir es pensar dos veces. Un método sencillo para reflexionar y expandir tu autoconocimiento
Leer por placer es no sentir culpa al abandonar un libro
¿Estás obligándote a terminar un libro que no te atrapó? Es hora de dejarlo ir. El hábito de leer no puede sentirse como una obligación y a lo largo de la historia varios de los mejores escritores se han encargado de recordarlo.
“Si un libro les aburre, déjenlo. No lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lo lean porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo. La lectura tiene que ser una de las formas de la felicidad”, así de claro lo dijo una vez Jorge Luis Borges, famoso escritor argentino.
Esa misma idea -que el placer y no el deber es lo que sostiene el hábito- atraviesa el libro ‘Los placeres de leer en la era de la distracción’ (2011), del profesor universitario Alan Jacobs.
“Cuando le dices a alguien ‘debes leer porque es bueno para ti, porque es saludable’, no estás usando una gran estrategia de persuasión. Yo no me convertí en un adicto a la lectura porque pensara que era bueno para mí, sino porque era divertido”, reflexiona.
En este sentido, los datos generan optimismo en Latinoamérica: en países como Colombia se estima que el 72% de la población lee. Entre quienes lo hacen, el 62% lee principalmente por placer, por encima del estudio (29%) y del trabajo (7%), según el informe más reciente de la Cámara Colombiana del Libro.
La escritora británica Virginia Woolf estaría orgullosa de ese 62%, pues varias veces exaltó que los lectores son seres de intensa curiosidad, para quienes el hábito de leer es más como hacer ejercicio en la naturaleza, que como estudiar en un lugar resguardado.
Esto se relaciona directamente con la multiplicación de espacios para conectar con otros a través de los libros: desde lecturas al aire libre, donde simplemente están cientos de personas en un parque cada una con su libro, hasta los famosos clubes donde la conversación alrededor de la historia es la protagonista.
Son esos terceros o cuartos espacios en donde leer deja de ser una tarea solitaria o silenciosa para volverse una experiencia compartida y, especialmente, elegida. ¡Nadie asiste a un club de lectura por obligación!
‘No hacer nada’ es un acto de resistencia
Vivimos en un mundo obsesionado con aprovechar cada segundo. Optimizar, producir, reaccionar; la agenda no descansa y -si logra hacerlo- sentimos culpa. Sin embargo, en medio de ese huracán de tareas, vale la pena hacer una pregunta incómoda: ¿a quién le sirve realmente ese exceso de productividad?
Jenny Odell, artista y escritora estadounidense, responde maravillosamente esta pregunta en el libro ‘Cómo no hacer nada: resistir a la economía de la atención’ (2019).
“Nuestras nociones actuales de productividad no son productivas, sino destructivas”, sostiene en un apartado del libro, que se metió en la lista de los más vendidos del New York Times.
Pero lo más interesante es que Odell no quiere que la vean como una gurú de la desintoxicación digital; no está promoviendo héroes anti-tecnología.
Ella establece que la mayor revolución está en ‘no hacer nada’, en recuperar la mirada al ecosistema que nos rodea: observar los pájaros, reconocer los árboles del barrio, saber de dónde viene el agua o mirar a las personas que tenemos cerca.
Charla de Jenny Odell en el Festival XOXO de Portland: https://youtu.be/dveUrpp6vs8?si=POsIsiCw6UWVEt2i
Odell afirma que plantearse dejar el celular es una fantasía de escape, por eso su propuesta está dirigida a reenfocar la atención en aquellas cosas que no pueden optimizarse ni monetizarse.
“Todo esto surgió de la frustración que sentíamos individualmente al perder el control, impulsando la rueda de la economía de la atención con nuestra soledad, nuestra rabia y nuestra angustia existencial. Le pido al lector que se desconecte de esa rueda hidráulica y se conecte con otra cosa: el medio ambiente, la historia y otras personas, especialmente aquellas que están cerca de nosotros”, dice.
Porque, ahora mismo, nuestra atención es el recurso más valioso que tenemos y al mismo tiempo el más saqueado.
‘No hacer nada’ puede sonar pequeño e incluso hasta ingenuo. No obstante, ahí reside su fuerza: en un entorno diseñado para fragmentar la atención, poner la mirada sobre algo durante el tiempo suficiente -una planta, un vecino, un problema colectivo- se vuelve una forma de recuperar soberanía sobre uno mismo, de estar presente en una situación ‘haciendo nada’.
Así que la próxima vez que pienses que descansar es perder el tiempo, valdría la pena replanteárselo porque la verdadera pérdida no son las horas que no producimos, sino la atención que entregamos diariamente a quienes se lucran con nuestra ansiedad y nuestro FOMO (Fear Of Missing Out).